Un mes después

Ayer me llamaron de una radio para pedirme que contara cuál era la situación actual en Bruselas. Automáticamente comprobé si había pasado algo.  Hoy hace un mes.

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“Seguir, cuando no hay motivos. Que duela —y a pesar de todo, quedarse,” Jesús Terrés.

“¿Cómo andan tus fantasmas?” es el título de un capítulo de ‘Primavera con una esquina rota’ de Benedetti. Siempre he dicho que las preguntas más jodidas, las hacen los libros.

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Sobreviviendo

Bruselas es una ciudad gris. Las nubes se amontonan en el horizonte cubriendo el cielo de un tono negruzco que a veces, anuncia tormenta. Otras, solo una ligera lluvia molesta que a pesar de todo te cala hasta los huesos. Aquí uno aprende rápido que si parara la vida cada vez que llueve, no habría vida que parar. Aquí o se baila bajo la lluvia o se aprende a tolerarla.

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El rito de la despedida

Cuando tenía 18 años me fui de casa. De casa y de la ciudad donde nací. No recuerdo mi despedida. Recuerdo los abrazos. La sensación de vacío y miedo. Sobre todo el miedo. También recuerdo la presión en el pecho al subir al coche. La recuerdo porque es la misma que siete años después, tengo cuando subo al avión. He pasado siete años despidiéndome. Siempre estoy yéndome de algún sitio. Siempre estoy camino de alguna parte. Siempre.

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Nadie excepto ella

Desde hace tres años, en esta casa se celebra el Día de la Madre por Skype. Ella me pide todos los fines de semana que no me vaya más lejos, que no salga de Europa. Yo sonrío y callo porque las dos sabemos que no puedo prometerle nada. Que no quiero prometerle nada por si acaso un día. Y cada vez que hablamos de África (o de Asia, o de Latinoamérica), me recrimina indignada: “¿Y eso tienes que contarlo tú? ¿No puede ir otro?”

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Un taxi hacia África

Salgo tarde de la última cumbre y cojo un taxi cerca de la Comisión.

– ¿A dónde la llevo?

A casa, pienso y con las últimas fuerzas que aún me quedan después de un día eterno, acierto a recordar mi dirección.

– Trabaja usted en la Unión Europea, ¿verdad?

Trabajo en la Unión Europea, pienso. Sonrío.

– Sí, en efecto.

– ¿Cómo es que acaba a estas horas?

El reloj se acerca peligrosamente a la una de la madrugada. Mi trabajo acabó hace aproximadamente una hora, en realidad. Un grupo de becarios hemos dedicado los últimos 60 minutos a una cerveza de “cómo sobrevivimos a nuestro tercer Consejo.”

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Introducción al caos

Mi primer año como estudiante de Periodismo lo pasé en un aula alargada y hueca en lo más alto del edificio de la facultad de Ciencias de la Información. Para los que no lo conozcáis, ese ese bloque de hormigón en pleno centro de Ciudad Universitaria cuyo interior, de no ser por las aulas y el laberinto de escaleras, podría pasar por un aparcamiento cualquiera del centro de Madrid.

Recuerdo estar sentada una tarde de otoño recién empezado el curso rodeada de un montón de alumnos.  Muchos de ellos, estoy segura, sin la menor idea de lo que estaban haciendo allí. Yo, sin embargo, estaba alucinada. No es que la Complutense sea precisamente el centro del universo periodístico, la Columbia española ni nada de eso.  Es que para alquien que pasó la adolescencia buscando una profesión que pudiera sustituir al sueño del periodismo, bueno, era emocionante estar allí sentada. Tranquilos, luego se me fue pasando. Bueno, más o menos.

Probablemente una de las asignaturas que más me gustaron en primero fue redacción periodística. No puedo decir con exactitud si fue la segunda o la tercera, pero hubo una clase de todas aquellas que siempre evoco con cariño. Nos dieron una fotocopia borrosa de un periódico que no recuerdo. El ejercicio a realizar consistía en reportajear una entrevista a Francisco Umbral.  Aquella tarde leí un par de frases que jamás olvidaría:

“Uno escribe para explicarse la propia vida,” decía el maestro, “yo escribo sobre las cosas que me urge contar que tal vez son chorradas pero son las mías.”

Han pasado siete años desde aquella tarde de otoño. Siete años desde aquel ejercicio en el que probablemente no aprendí nada de redacción pero decidí que yo también necesitaba contar mis chorradas y las de otros tantos. Y bueno, por eso todo esto.

Bienvenidos.