Un mes después

Ayer me llamaron de una radio para pedirme que contara cuál era la situación actual en Bruselas. Automáticamente comprobé si había pasado algo.  Hoy hace un mes.

Cuando las dos primeras bombas estallaron en el Aeropuerto Nacional de Bruselas Zaventem, yo aún me desperezaba en la cama y empezaba a editar el periódico. Aún tenía más sueño que miedo.

Tenía el teléfono apagado porque no me quedaba apenas batería y seguía las informaciones relativas al suceso a través de Twitter y los medios de comunicación belgas. Quienes trataban de contactar conmigo aquel día, no recibían respuesta.  Ni lo pensé. Y lo siento. Mi hermano optó por Skype y cuando por fin encendí el teléfono, mi madre me llamó entre lágrimas. Le encanta que sea periodista, odia lo que implica muchas veces. Es curioso porque solo unos días antes le dije que quería irme a Turquía y cuando mostró sus miedos le dije: “Pero mamá, ¡si vivo en Bruselas!” Aquel martes por la mañana fue una de esas veces en las que odié tener razón con toda mi alma.

Soy periodista. Mi trabajo es contar cosas así que aquel día fue una completa locura. Corrí de un sitio a otro; recibí más llamadas por minuto que en toda mi vida; me estafaron por un taxi que me consiguió un trabajo y pasé 12 horas repitiendo datos como un papagayo. Tarde 14 horas en entender lo que había pasado, una y media en dejar de llorar cuando lo hice, una semana en darme cuenta de que quienes me habían llamado o mandado mensajes aquel día, lo hacían aterrorizados por si me había pasado algo, por si había muerto. Tardé otra hora en dejar de llorar entonces.

Al día siguiente, recorrí una ciudad semivacía y silenciosa. Caras largas, cierta sensación de miedo pero también de alivio. De alguna forma todos estábamos, desde el 13 de noviembre, esperando a que esto pasara y los que nos salvamos, respiramos tranquilos. Probablemente es cruel y egoísta pero es cierto.

Por la tarde pude por fin acercarme a la plaza de la Bolsa donde espontáneamente los bruselenses habían construido un altar de homenaje a las víctimas. Estaba lleno y me sorprendió grantamente ver gente con guitarras, cantando o repartiendo abrazos. A las lágrimas y el duelo de la noche anterior, había seguido cierta festividad. Por encima de todo y a pesar de todo, los belgas celebraban la vida. Allí me encontré a Hussein. Hussein es iraquí y llegó hace ocho meses a Bélgica huyendo del terrorismo. Cuando le vi en aquella plaza me di cuenta de lo absurda que es la vida a veces. Tanto que Maelbeek es esa estación en la que te bajas cada vez que hay cumbre porque Schuman, qué ironía, está cerrada por “razones de seguridad”. Tanto que Hussein, que vino en busca de asilo, acabó tocando su laud por una paz que anhela en una capital de Europa también por el terrorismo.

Hoy, un mes después, tengo un billete de vuelta a casa desde Zeventem y, por primera vez, reconozco que me asusta más el aeropuerto que el avión pero también que ellos no van a decidir cómo vivo.  Lo más extraño de todo esto es la naturalidad con la que la vida sigue después de todo, a pesar de todo. Y menos mal.

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