París, Bruselas: periodista en construcción en medio del caos

Tengo 25 años y soy periodista. Que quería ser periodista lo supe muy pronto. Tanto que a los diez años ya participaba en un programa sobre actualidad para niños en la televisión de Granada. Tanto que a los 11, maquetaba revistas para clase con recortes de periódicos. El primer artículo que escribí sobre política internacional versaba sobre el 11 de septiembre. Hace dos semanas, 14 años después, cubrí los atentados de París.

Escribo esto porque escribir siempre fue una forma de terapia, una forma de dolor pero también una cura. Y necesito dolerme después de estos días.

Cuando redacté aquel artículo a los 11 años decidí que quería ser periodista y decidí que quería trabajar en política internacional. Lo decidí porque necesitaba entender el mundo, explicar la tragedia y darle sentido al sufrimiento, al dolor, a la muerte, a la guerra. Años después, entendí que ese no es mi trabajo. Que lo único que puedo hacer es contarlo, que el sentido no va implícito y que las explicaciones resultan inevitablemente insuficientes sean cuales sean. Podemos dar contexto pero no respuestas.

Llegué a París el sábado por la tarde y encontré una ciudad muda, tensa, triste y agotada. Las calles estaban vacías. Comercios, bares y restaurantes, cerrados. Solo los puntos en los que se produjeron los atentados contaban, extrañamente, con cierta actividad. Me resultó extremadamente sobrecogedor que hubiera supervivientes, como Alphons, que se acercaran al lugar en el que casi perdieron sus vidas. Tal vez porque necesitaban cerciorarse de que aquello realmente ocurrió. También la valentía de quienes fueron a llorar sus muertos al lugar en el que fueron asesinados, no solo para recordarles, también para enfrentar el miedo. Me impactó y maravilló sobremanera la fortaleza de quienes, como Ben, decidieron seguir con sus vidas como si se tratara de un día cualquiera a pesar del dolor, a pesar de la rabia, a pesar del duelo y del temor.

Tras pasar todo el día deambulando por París, al llegar a la casa en la que me hospedaba, aún guardaba las emociones de todas las personas con las que hablé aquel día en el estómago y el recuerdo del caos en cada escenario. Estaba nerviosa, triste y excitada. Me temblaban las manos y la voz al hablar. Me serené, escribí, me di una ducha y me fui a la cama. No pude dormir en toda la noche. Soñé que yo también era víctima de aquella barbarie y me desperté alterada. Para mí una vida no vale lo que vale su bandera. Todas y cada una de las víctimas, dónde sea, me parecen igual de importantes. Pero entiendo, por egoísta que sea, que uno que vive en Madrid, en Londres o en Bruselas se asuste más porque parece más irreal pero también más aterrador, más cercano, cuando la bomba estalla en París y no en Bagdad. Espero sin embargo que haber sufrido la barbarie terrorista en nuestra piel nos haga más sensibles al dolor de los que huyen de ella hacia nuestras fronteras. Insha’Allah (ojalá).

Encontrar la ciudad algo más viva el domingo por la mañana hizo que recuperara algo de aliento y de fuerzas. París, llena de turistas y con las terrazas soleadas colmadas, parecía un poco más París. Y al caer la noche, presencié uno de los momentos más hermosos, tristes y sobrecogedores de mi vida. Un grupo de jóvenes se reunieron en la Plaza de la República para llorar su pena cantándole a la vida. Reconozco que más de una y más de dos veces tuve que contener las lágrimas pero me recordé también entonces que por emocionante que fuera el momento, estaba trabajando. Esa es una de las primeras lecciones que aprendí estos días: informar de la tragedia es trabajar con tu empatía respecto a otro ser humano pero también sobre el control de tus propias emociones. Nadie en su sano juicio podría permanecer indiferente al drama pero nuestro trabajo como periodistas es contarlo, sin abstraernos del todo pero como el relator que somos.

Cuando llegué esa noche al hotel, sin tener ni idea de dónde estaba o qué estaba haciendo, me habían mandado esta canción. El autor se llama Ibrahim Maalouf y es franco-libanes, con todo lo que eso implicaba esa semana.  La canción, ‘Lily Will Soon Be A Woman’ (Lily será pronto una mujer), la tocó deseando a su hija un mundo mejor. Toda la basura y toda la bondad del mundo contenidas en una sola idea. Tras escribir la crónica de aquella noche, rompí a llorar.

Al volver a Bruselas me encontré con otras dos situaciones que me chocaron: un barrio entero saliendo a la calle a pedir perdón por lo que un par de vecinos hicieron y una ciudad sitiada por el miedo.

Con lo primero, me refiero a la concentración que tuvo lugar en Molenbeek el miércoles 18 y que reunió a unas 2500 personas según la policía belga. Tras un exhaustivo control policial (me cachearon y registraron), encontré una plaza semivacía en la que destacaban más periodistas que ciudadanos aunque la proporción se fue compensando con el paso de los minutos. Varios vecinos a los que entrevisté prefirieron permanecer en el anonimato. Otros reconocieron que tenían constancia de la ausencia de muchos conocidos por miedo a represalias.  Los presentes compartían el profundo dolor que recorre el mundo por las víctimas de París pero también la frustración por estar pagando con racismo y xenofobia algo que ellos no hicieron.

No seamos ingenuos, Molenbeek tiene un problema con la radicalización y para muestra solo hay que consultar los orígenes de más de la mitad de los terroristas que atentaron en París y sus cómplices pero no solo. Molenbeek cuenta con una triste lista de acusados de terrorismo y de vecinos que han dejado el barrio para luchar en Siria. Sin embargo, Molenbeek también es víctima de una política social casi inexistente y desde luego ineficaz, de integración y de reorientación de los chavales que caen en esta lacra. Y desde luego, de unas fuerzas del orden y un sistema de inteligencia que han demostrado ser un verdadero coladero. En resumen, de la total incompetencia para hacer frente al fenómeno. En cualquier caso, en los breves intercambios con los vecinos, entendí cómo el modo en que los medios informamos sobre una realidad concreta puede tener un impacto brutal en las vidas de muchas personas a las que ni siquiera conocemos. Y Molenbeek, como sea, se ha convertido sin más en un “nido de terroristas” a ojos de la sociedad.

Y por cierto, si yo no tengo que pedir disculpas por cualquier acto racista de un grupo radical por el mero hecho de ser blanca y occidental, no veo por qué un musulmán tiene que disculparse por cualquier acto de barbarie que cometa un grupo extremista en nombre del Islam. No culpemos a un dios que no existe de lo que hagan los hombres en su nombre.

El sábado 21, apenas una semana después de los atentados en París, el gobierno decretó la alerta máxima en Bruselas por amenaza “seria e inminente” de atentado terrorista. El metro, los comercios, cines, museos, bares, restaurantes… cerraron sus puertas. El lunes, tras diecinueve operaciones policiales coordinadas con dudoso resultado, también lo hicieron los colegios. Se cancelaron los conciertos, los eventos deportivos y los culturales. La mayor parte de la ciudad estaba prácticamente vacía. Las zonas más transitadas distaban mucho de la normalidad. Un silencio pesado y tenso inundó una ciudad tradicionalmente ruidosa. Y de pronto Bruselas no era Bruselas. Contándolo, aprendí otra lección: resulta extremadamente difícil asimilar una situación de tal calibre cuando es tu propia ciudad (hace cuatro años que vivo aquí) la que se enfrenta a ella. Pero sobre todo, aprendí la necesidad de estar ahí, de conocer el ritmo, el ambiente y la actividad de un lugar para poder contarlo. Quizá por eso me preocupa la desaparición masiva de la figura del corresponsal en la prensa.

Profesionalmente, estos días han resultado no solo una experiencia extremadamente interesante sino también todo un proceso de aprendizaje, errores incluidos. Emocionalmente, están siendo algunos de los más duros de mi vida. Pero cuando me atenaza el miedo, me invade el cansancio o el dolor me frena, recuerdo que amo con todas mis fuerzas esta profesión y es parte de lo que significa ser periodista.  Entonces escribo, sigo escribiendo.

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2 comentarios en “París, Bruselas: periodista en construcción en medio del caos

  1. Hola Beatriz. Me llamo José Manuel y he llegado a tu blog casi por casualidad, a través de Twitter. No soy periodista, aunque me lo llegué a plantear cuando estaba en aquella temprana edad en la que había que decidir por dónde encarrilar tu futura vida personal y profesional. No soy periodista, pero comparto contigo esa apasionante manía por escribir. En mi caso sobre viajes, pero podía haber sido sobre cualquier otra afición o pasión.
    Admiro ese mundo del periodismo del cual tú formas parte, sobre todo el que refleja la realidad exterior, la que desarrolla más allá de las fronteras españolas. El hartazgo al que nos somete la prensa diaria de este país sobre determinados temas provoca dolor de cabeza. Al final terminas buscando nuevos horizontes ahí fuera.
    Comparto igualmente contigo esa atracción -casi inconcebible para quienes me conocen- por la capital belga. Hay algo en esa grisácea ciudad que atrapa y seduce. Será su ambiente multicultural y multiétnico, será su caótico sistema político-administrativo que a pesar de todo se mantiene y sobrevive, será ese bilingüismo en el que el francés siempre lleva ventaja sobre el flamenco, será esa maravilla que se llama Grand Place… no sé explicarlo bien. Sólo comprendiendo el carácter y esencia de esa ciudad, que va mucho más allá de las instituciones europeas a las que da cobijo, se entiende ese aparente estoicismo con el que bruselenses y expats han soportado el cierre total al que se ha visto sometida la capital de Bélgica durante varios días.
    Seguiré con interés tus magníficos artículos y análisis, y con ellos seguiré el pulso de esa ciudad en la que vives y trabajas para sentirme más cerca de ella. Un saludo desde Madrid.

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