Sobreviviendo

Bruselas es una ciudad gris. Las nubes se amontonan en el horizonte cubriendo el cielo de un tono negruzco que a veces, anuncia tormenta. Otras, solo una ligera lluvia molesta que a pesar de todo te cala hasta los huesos. Aquí uno aprende rápido que si parara la vida cada vez que llueve, no habría vida que parar. Aquí o se baila bajo la lluvia o se aprende a tolerarla.

Bruselas es fría. Uno tiene que tener el jersey y el abrigo siempre a mano porque aquí, los inviernos no entienden de calendarios y hay un otoño en cada verano.

Bruselas es gris y fría, una ciudad cruel cuando no tienes un techo bajo el que cobijarte y sin embargo, la pobreza en Bruselas es una bofetada a casa paso. Es de las primeras cosas que uno advierte en la capital belga, especialmente en invierno. Las estaciones de tren se llenan de personas envueltas en mantas que nunca son suficientes, buscando algo de cobijo en los soportales y hacen cola en el pasillo que lleva al metro por un cuenco de sopa. Sobreviviendo a pesar de la lluvia, a pesar del frío.

Vivo al sur de la ciudad, en un barrio de estudiantes junto a la universidad. Una zona plaga de bares, restaurantes y comercios bulliciosa día y noche. En las cuatro calles que rodean la rotonda en torno a la que se construye el barrio, hay al menos seis personas de manera más o menos constante pidiendo. Quizá lo que más choca es su juventud. Con alguna excepción, la mayoría ronda los veinte. También me sorprende la generosidad. No hay día que no estén acompañados. Alguien que se sienta a compartir con ellos la comida o un cigarro y charlan. Sobre todo charlan.

Supongo que el tiempo en la calle pasa más rápido cuando alguien se sienta a escucharte.

Hoy mientras paseaba, casi he tropezado con un chico de unos veinticinco años, los mismos que yo cumpliré en poco menos de dos semanas. Una cabeza rapada asomaba bajo una gorra enorme, llevaba vaqueros rotos y una sudadera gastada. Estaba sentado junto a un cajero con una pequeña mochila abierta para recoger dinero. Tenía un par de mantas encima y un perro que con la cabeza apoyada en su regazo, le hacía compañía.

Junto a él había un trasto de plástico blanco en el suelo. “¿Es suya, señor?”, le ha preguntado al dependiente de la tienda adyacente. “No, no es mía,” ha contestado el tendero. Al girarme, he visto al chico destapar una pequeña máquina de escribir, colocar un papel arrugado y sucio y escribir.

Me he marchado preguntándome si pasará más rápido el tiempo en la calle escribiendo.

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