Un taxi hacia África

Salgo tarde de la última cumbre y cojo un taxi cerca de la Comisión.

– ¿A dónde la llevo?

A casa, pienso y con las últimas fuerzas que aún me quedan después de un día eterno, acierto a recordar mi dirección.

– Trabaja usted en la Unión Europea, ¿verdad?

Trabajo en la Unión Europea, pienso. Sonrío.

– Sí, en efecto.

– ¿Cómo es que acaba a estas horas?

El reloj se acerca peligrosamente a la una de la madrugada. Mi trabajo acabó hace aproximadamente una hora, en realidad. Un grupo de becarios hemos dedicado los últimos 60 minutos a una cerveza de “cómo sobrevivimos a nuestro tercer Consejo.”

– Había una cumbre extraordinaria y estas cosas siempre se alargan.

– ¿Sobre qué?

– Inmigración.

Risas. Y no me sorprende. El conductor es un hombre grande, de facciones duras. Tiene la piel negra y un marcado acento africano, los ojos cansados y la sonrisa intacta.

– Bueno, ¿y qué han decidido?

Ahora soy lo la que se ríe.

– No soy yo quién decide, ya me gustaría. – Y me arrepiento de mi atrevimiento al poco de escapar las palabras de mi boca. – Yo solo lo cuento. Trabajo en prensa.

– Cuéntemelo entonces.

– Sinceramente, nada.

– ¿Nada?

– Bueno, sí pero no suficiente.

– Nunca es suficiente, supongo. –  Suspira. – La situación en África es terrible y la verdad, yo tampoco sabría qué hacer. – Reflexiona un momento. – Ya que intervienen esos países, en lugar de apoyar a dictaduras para defender sus intereses, debería exigir a cambio la instauración de la democracia.

– Bueno, entonces sería más difícil salvaguardar sus intereses.

– Es verdad.

Ambos nos quedamos en silencio. Yo me arrepiento de querer tomar decisiones. Él, supongo, se siente frustrado por no encontrar una respuesta.

– ¿Sabes? No es solo una cuestión de pobreza. Yo no era pobre en mi país, trabajaba en un banco.

– ¿Puedo preguntarle de dónde viene?

– Ruanda.

Tiene unos cuarenta años. Me recorre un escalofrío.

Dejo que siga contándome.

– A nadie le gusta dejar su hogar. Si pudiéramos quedarnos, lo haríamos pero queremos ser libres.

Y pienso en las miles de personas que han pagado el precio más alto posible por la libertad: la vida.

Casi sin darme cuenta, en medio de un debate sobre el futuro de África, las conclusiones de la cumbre y la realidad del migrante, llego a casa. Bajo del taxi con cierta amargura aunque satisfecha por nuestro encuentro y por la charla.

– Buenas noches y buena suerte, – le digo.

Sonríe. Sonrío.

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