Un taxi hacia África

Salgo tarde de la última cumbre y cojo un taxi cerca de la Comisión.

– ¿A dónde la llevo?

A casa, pienso y con las últimas fuerzas que aún me quedan después de un día eterno, acierto a recordar mi dirección.

– Trabaja usted en la Unión Europea, ¿verdad?

Trabajo en la Unión Europea, pienso. Sonrío.

– Sí, en efecto.

– ¿Cómo es que acaba a estas horas?

El reloj se acerca peligrosamente a la una de la madrugada. Mi trabajo acabó hace aproximadamente una hora, en realidad. Un grupo de becarios hemos dedicado los últimos 60 minutos a una cerveza de “cómo sobrevivimos a nuestro tercer Consejo.”

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Introducción al caos

Mi primer año como estudiante de Periodismo lo pasé en un aula alargada y hueca en lo más alto del edificio de la facultad de Ciencias de la Información. Para los que no lo conozcáis, ese ese bloque de hormigón en pleno centro de Ciudad Universitaria cuyo interior, de no ser por las aulas y el laberinto de escaleras, podría pasar por un aparcamiento cualquiera del centro de Madrid.

Recuerdo estar sentada una tarde de otoño recién empezado el curso rodeada de un montón de alumnos.  Muchos de ellos, estoy segura, sin la menor idea de lo que estaban haciendo allí. Yo, sin embargo, estaba alucinada. No es que la Complutense sea precisamente el centro del universo periodístico, la Columbia española ni nada de eso.  Es que para alquien que pasó la adolescencia buscando una profesión que pudiera sustituir al sueño del periodismo, bueno, era emocionante estar allí sentada. Tranquilos, luego se me fue pasando. Bueno, más o menos.

Probablemente una de las asignaturas que más me gustaron en primero fue redacción periodística. No puedo decir con exactitud si fue la segunda o la tercera, pero hubo una clase de todas aquellas que siempre evoco con cariño. Nos dieron una fotocopia borrosa de un periódico que no recuerdo. El ejercicio a realizar consistía en reportajear una entrevista a Francisco Umbral.  Aquella tarde leí un par de frases que jamás olvidaría:

“Uno escribe para explicarse la propia vida,” decía el maestro, “yo escribo sobre las cosas que me urge contar que tal vez son chorradas pero son las mías.”

Han pasado siete años desde aquella tarde de otoño. Siete años desde aquel ejercicio en el que probablemente no aprendí nada de redacción pero decidí que yo también necesitaba contar mis chorradas y las de otros tantos. Y bueno, por eso todo esto.

Bienvenidos.